Marrakech (III).

Una mañana M. me ofreció dos opciones para pasar el día: quedarme en la ciudad y salir con su mujer y su hijo a dar una vuelta, o acompañarlo a un trabajo que tenía que hacer en otra zona. Me dijo que si iba con él tendría que estar dispuesta a caminar mucho. Como andar es algo que me gusta y tenía ganas de conocer alguna zona diferente, me animé enseguida a acompañarlo. Salimos de su casa y caminamos durante un buen rato, pero la cita que tenía para su trabajo se estaba aproximando y aún quedaba mucho camino, por lo que tuvimos que coger un taxi.

Poco a poco nos fuimos alejando un poco de la ciudad y entrando en una zona de tierra. Nos bajamos del taxi y empezamos a caminar. Al poco rato llegamos a una preciosa casa que parecía que era nuestro destino. Allí nos recibió su hermana, muy agradable también, que nos acompañó hasta la parte posterior. M. me dijo que él iba a trabajar un par de horas y que lo esperara por allí. El lugar en el que me encontraba era una especie de hotel consistente en dos edificios, cada uno de ellos con su respectiva piscina. En la parte posterior del edificio principal, que era donde yo me encontraba, había una jaula con diversos animales, entre ellos un pavo real. Nunca había visto a ninguno, así que me hizo mucha ilusión cuando lo vi desplegar su precioso plumaje. También había una pista de tenis, una barra y una gran mesa con sillas que un camarero estaba preparando para la comida.

Me senté en una especie de mecedora y me quedé durante un buen rato disfrutando del lugar. No se oía absolutamente nada, solo el sonido de los animales a lo lejos. Pocas veces me he encontrado tan a gusto como en ese momento.

La hermana de M. se acercó un rato y empezó a hablar conmigo. Me contó que se trataba de un hotel que solía alquilarse por temporadas. Ya no recuerdo el precio, era un poco caro, pero pensé que si se unían varios amigos no salía nada mal. Solo de pensar en pasar unos días en la enorme tranquilidad de aquel lugar me daban ganas de intentar convencer a alguien para que me acompañara.

Algún tiempo después, M. regresó y emprendimos la vuelta a casa. Para hacerlo, atravesamos el Palmeraie (el palmeral), una amplísima extensión de lo que a mí me pareció desierto, pero salpicado en numerosos lugares por enormes palmeras. Me costó un poco seguir a M., que es deportista, pero la experiencia fue inolvidable. En todo aquel lugar solo estábamos él y yo y la sensación de sentirme en un sitio tan aislado, tan vacío pero arrebatadoramente hermoso a un tiempo, era (y sigue siendo) inexpresable, hasta el punto de llegar a convertirse en uno de los días que más recordaré en el resto de mi vida.

Nota: la foto que preside el blog está tomada ese día.

Marrakech (II)

Marrakech es una ciudad preciosa, a pesar de que muchos de los que la conocen desde hace años comentan que ha cambiado mucho por el turismo y que ahora es mucho menos auténtica.

Es cierto que la ciudad se ve muy orientada hacia sus visitantes, pero después de estar viviendo en una ciudad gris y sucia como Casablanca se agradece especialmente poder pasear por las limpias y alegres calles de aquella ciudad.

La primera salida que hicimos estando en Marrakech fue a la Medina, muy cercana a la casa de M. y familia. Normalmente, es habitual que los dependientes de los distintos puestos se dirijan al paseante (sobre todo si es extranjero) para ofrecerle sus productos. Sin embargo, a nosotros apenas nos pasó nada de eso. ¿La razón? M. me explicó el truco: empezar el recorrido por el final de la Medina, de manera que los dependientes creen que ya has comprado y que, probablemente, te has quedado sin dinero.

La Medina de Marrakech es una maravilla, con puestos distribuidos en gremios: cobre, alfombras, kaftanes, babuchas, aceitunas, especias, carne… Estaba repleta de gente de todas las nacionalidades.

Otra de las visitas que no podía faltar en Marrakech era a la plaza Jamaa el Fna. Fuimos varias veces a este sitio. M. me la quería mostrar a diversas horas para que viera cómo iba cambiando. Lo que se mantenía inalterable cada vez que íbamos era la vida que respiraba. Allí descubrí que era posible pescar botellas de refresco con una caña, que había monos que hacían asustarse a ancianas turistas europeas, que había contadores de cuentos, que puestos idénticos de limonada podían coexistirse a pocos metros de diferencia o que un grupo de ancianos ciegos era capaz de mantener una conversación entre ellos y detenerse a la vez para decir algo en conjunto en voz alta.

Vimos también la Mezquita Kutubia, modelo de la Giralda y paseamos por los alrededores donde gente de toda procedencia y condición paseaba tranquilamente.

Tuvimos la oportunidad de acercarnos a un pequeñísimo local en el que pude probar un exquisito batido de aguacate hecho a la forma tradicional y uno de los riquísimos dulces marroquíes.

Marrakech (I)

A los pocos días de llegar a Marruecos recibí un mensaje de whatsapp de M. en el que me invitaba a pasar los días festivos de la Semana Santa en su ciudad, Marrakech.

Había conocido a M. en mi trabajo anterior. Recordaba perfectamente el momento en el que mi jefe me lo presentó. Lo primero que pensé de él fue que tenía una cara muy amable. Tiempo después, M. me dijo que lo primero que pensó de mí fue que fui la única de la oficina que le dediqué una sonrisa sincera.

Según se iba acercando la Semana Santa veía que las posibilidades de ir a Marrakech se iban diluyendo, ya que el dinero que me habían prometido por la mudanza no llegaba y mis reservas económicas estaban tocando fondo. Se lo comenté a M. en un correo, pero él me dijo que en momentos como ese tenían que salir los amigos y que estaba totalmente invitada a la casa de su familia durante los cuatro días de vacaciones.

Así, pues, decidí aceptar su invitación y coger el tren aquel Jueves Santo. Era la primera vez que cogía un tren exceptuando la llegada y estaba bastante ilusionada. Sin embargo, en cuanto me subí, vi que, por alguna extraña razón que se me escapaba, había más pasajeros que asientos. Unos cuantos nos habíamos quedado en los pasillos sin poder sentarnos en ningún sitio. Durante unos minutos estuve buscando sitio en los diferentes vagones sin éxito, hasta que decidí elegir una pared para apoyarme e intentar mantenerme de pie mientras el tren seguía su camino.

Un par de paradas después, los marginados pudimos encontrar un sitio donde sentarnos. Lo hice al lado de un chico que escuchaba música tranquilamente, así que saqué mi móvil y me dispuse a hacer lo mismo que él y a disfrutar mientras del paisaje que pasaría ante mí durante las siguientes tres horas.

Poco antes de llegar a la estación, M. me llamó diciéndome que iba a llegar un poco más tarde y que lo esperara. No tardó demasiado en recogerme y llevarme a su casa en el coche de su cuñado.

Su casa estaba situada en una zona bastante tradicional, muy próxima a la Medina, en lo que me pareció una especie de laberinto (en esos cuatro días, siempre veía imposible llegar a la casa yo sola). Las oscuras y estrechísimas calles que llevaban a su casa no permitían adivinar que una vez atravesadas sus puertas, se encontraba un hogar lleno de luz.

La casa de la familia de M. era una casa tradicional marroquí, con su patio en el centro y galerías a su alrededor, extensa y acogedora. Allí vivían su padre, su madre (una señora absolutamente encantadora que me hizo como nadie querer aprender “dariya” para hablar con ella), su hermana (que hablaba español igual que él y que era muy simpática, su cuñado (al que conocería más tarde) y sus adorable sobrinos: A. e I. También tuve la oportunidad de conocer desde el principio a su mujer (amable, inteligente y muy auténtica) y a su hijo, un chico de lo más vivo y divertido.

En aquella casa tuve la oportunidad de descubrir lo mejor de Marruecos: la hospitalidad de sus gentes y su arte culinario, ya que cada vez que nos sentábamos en torno a aquella mesa era para descubrir algo más sabroso que la vez anterior. Me reí con ganas con los chistes e historias de la pequeña A. (a la que no entendía nada, pero que me hacía reír por sus gestos y simpatía), me admiré de la madurez de I., pude charlar con la mujer de M. y su cuñado canadiense sobre la situación de España y la diferencia entre países y muchas cosas más que nunca olvidaré.

Hasta hoy sigo viendo los cuatro días que pasé en Marrakech como los mejores desde que llegué al país y estaré eternamente agradecida a M. y a su maravillosa familia.