Azemmour

La tarde anterior T. me había preguntado si saldríamos de excursión a algún sitio al día siguiente. Con no demasiadas ganas le dije que sí, que contara conmigo. Sin embargo, estaba convencida de que, una vez más, lo dejaríamos para otro momento. Llevaba días lloviendo y haciendo muy mal tiempo, así que pensaba que ese sábado no iba a ser una excepción.

Al día siguiente, T. me mandó un mensaje y quedamos en su casa. Desde allí nos fuimos caminando tranquilamente hasta la estación de Casa Port. A pesar de que es la estación más próxima al centro nunca había ido allí hasta ahora. Es más grande de la que yo suelo frecuentar y ahora mismo se encuentra en obras para ampliar sus dimensiones.

Cogimos billete para el primer tren que salía en dirección a Azemmour. El tren, que salió unos diez minutos más tarde la hora prevista, no iba demasiado lleno. Nos tocaba hacer trasbordo en la primera parada, Ain Sebaa, así que no nos pusimos demasiado cómodas. En esta parada tuvimos que esperar un buen rato hasta que llegó al fin el tren. Se trataba de un tren de dos pisos que no estaba nada mal. Una cosa curiosa es que más de una persona nos preguntó si ese era el tren que iba a El Jadida, lo que demuestra que las direcciones de los mismos no están demasiado bien indicadas.

Estuvimos algo más de una hora en el tren. A los pocos minutos empezó a llover, por lo que tanto T. como yo empezamos a pensar que quizás íbamos a llegar a la estación para volver inmediatamente de vuelta. Mientras charlábamos un rato sobre muchas cosas diferentes, fuimos mirando por la ventanilla. Pasamos al lado de muchos animales que pastaban tranquilamente a pesar del mal tiempo, como vacas y ovejas; y dejamos atrás más de un camino embarrado que conducía a casas perdidas en medio de la nada.

T. sugirió seguir en el tren y llegar hasta El Jadida, puesto que, según ella, se podía comprar el billete en el mismo tren. Yo no tenía muy claro qué hacer. Sin embargo, cuando se anunció que llegábamos a la estación de Azemmour, la animé a bajarnos allí.

La estación de Azemmour, situada a unos 80 kilómetros de la ciudad de Casablanca, es minúscula. Tuvimos que cruzar al otro lado para salir al exterior caminando por encima de las vías. Las ocho o diez personas que nos bajamos allí nos juntamos para hacer el pequeño trayecto todos juntos. Al salir al exterior, los más rápidos se apresuraron a coger los dos taxis que allí esperaban mientras que el resto intentábamos resguardarnos de la lluvia deseando con ganas que algún otro taxi pasara por allí y nos llevara al centro de la pequeña ciudad.

Al cabo de unos minutos conseguimos que uno nos llevara a otro de los pasajeros y a nosotras hasta el centro por 10 dirhams. Cuando llegamos había dejado de llover por unos instantes, así que tranquilamente nos dirigimos hacia la medina o ciudad antigua. A diferencia de las medinas de otras ciudades, la de Azemmour no destaca por la presencia de comercios en su interior, pero empezamos a caminar para ver con qué nos encontrábamos. Al poco rato las dos empezábamos a sentir hambre, así que cuando nos paramos en la entrada de una panadería tradicional, no pude evitar sugerir que comprarámos un pan. Nos hicimos con dos de ellos. A mí me supo a gloria, no solo porque tenía mucha hambre, sino también porque lo habían aderezado con comino y con, quizás, alguna otra especia.

Al poco rato pasamos por otra panadería, nos asomamos un poco y un señor mayor que estaba allí nos invitó a asomarnos más. Era una panadería inmensa con un horno tradicional y, aparte de aquel hombre, otras dos personas (creo recordar) trabajan allí en aquel momento. El hombre nos explicó que hacían pan una sola vez al día y que todo era totalmente a mano. Estuvo charlando un rato con nosotras hasta que nos despedimos para continuar nuestro paseo.

Seguimos caminando por la medina mientras sacábamos fotos y mirábamos aquí y allá. Una de las cosas que más me llamó la atención es la cantidad de arte urbano que había allí. Pocas eran las paredes que no estaban decoradas con pinturas de los más diversos estilos. T. se acercó a preguntar algo a un hombre joven que pasaba junto a nosotras. El hombre se detuvo y empezó a charlar, empezó a explicarnos que el sitio en el que nos encontrábamos se llamaba “kasbah”, que por allí cerca estaba una sinagoga judía… Siguió caminando con nosotras durante un buen rato y al final acabó por presentarse, diciendo que se llamaba R. Nos señaló una casa que estaba a unos pocos metros de allí y nos dijo que era su casa y que nos la iba a enseñar. Entramos allí mientras él no dejaba de sonreír y de hablar. Nos contó que la estaba reformando y que se necesitaba mucho dinero. Lo cierto es que la estaba dejando muy bonita. R. nos comentó que quería tener una bonita casa para conseguir una mujer porque allí en el pueblo no había demasiadas. Nos llevó al piso de arriba y nos mostró la vista desde su azotea a medio terminar. Salimos de allí y nos acompañó durante otro buen rato. Muchas de las casas de la medina estaban en venta y R. nos contó que hay extranjeros que las compran y las reforman, como un matrimonio belga que vivía por allí cerca con su hijo pequeño. De hecho, antes de encontrarnos con R. nos cruzamos con varios extranjeros que volvían de jugar al golf en algún sitio.

Aunque R. estaba siendo muy agradable y simpático con nosotras, tanto T. como yo pensábamos que era uno de esos guías espontáneos que enseñan todo lo que pueden de su ciudad y que luego piden bastante dinero a cambio. Sin embargo, nos llevamos una gran sorpresa cuando al final R. se despidió de nosotras con una sonrisa y volvió en dirección a su casa. Creo que estamos ya tan acostumbradas a vivir en una ciudad como Casablanca que estamos empezando a olvidar que hay gente que se mueve sin el más mínimo interés más allá de ser amable y de ayudar al visitante.

Empezamos a buscar algún sitio para comer, pero no encontrábamos nada que nos llenara del todo. T. propuso que nos fuéramos a comer a El Jadida, yo acerté y nos dirigimos a una guagua que estaba aparcada cerca de donde nosotras estábamos. Preguntamos a alguien que subía si se dirigía a esa ciudad. Ante su asentimiento decidimos subir y utilizar por primera vez desde que habíamos llegado a Marruecos ese medio de transporte.

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