De corderos

Hace poco dejamos atrás la fiesta grande de Marruecos, el Aid el Kbir, más conocida como la fiesta del cordero. Se trata de una celebración religiosa en la que se conmemora el sacrificio de Abraham, que estuvo a punto de matar a su hijo en ofrenda a Dios.

Las familias compran un cordero para matarlo y comerlo durante la fiesta. En ocasiones, más que corderos, se trata de enormes carneros que se ven por las calles en camiones para su venta o, incluso, en medio de la calle. En mi antiguo barrio, los días anteriores a esta fiesta podían verse a carneros a pie de calle esperando comprador.

Como en muchos otros lugares, bastantes personas sienten que han de demostrar que tienen más medios que el vecino llegando algunos incluso a comprar vacas. Algunas personas compran el animal cuando es pequeño y lo crían hasta que llega la fiesta. Otros, en cambio, acechan para robar y poder acceder a un animal para sacrificarlo, por eso aumentan considerablemente los robos durante los días previos a la fiesta. Las ciudades se vuelven bastantes peligrosas y los tirones abundan por todos lados.

Al día siguiente de la fiesta, muchos jóvenes salen a las calles y se dedican a quemar las cabezas de los corderos en las esquinas en pequeñas parrillas dispuestas para ello, dejando un fuerte olor por todos lados. Mucha otra gente reserva carne del animal, la seca en los tendederos y la guarda para otro momento.

Otro aspecto curioso es el ir paseando por la calle y escuchar los balidos de algún cordero tras la puerta de un garaje, lugar elegido por muchos marroquíes para sacrificar a sus animales, de manera que en muchos de ellos aparecen enormes charcos de sangre entre los coches.

La fiesta de Cordero es también época de vacaciones para buena parte del pueblo marroquí. Muchos abandonan las ciudades en dirección a sus respectivos pueblos de origen, mientras que bastantes emigrantes regresan a casa para pasar la festividad en compañía de sus familias.

Sidi Bettache y el largo camino a casa

Tras discutir sobre varios distintos diferentes, M., T. y yo decidimos ir el sábado a ver unas gargantas que se encontraban a unos 70 kilómetros de Casablanca. Queríamos pasar un día agradable en el campo y no alejarnos demasiado de nuestra ciudad. Cogimos el coche de T. y tras tardar bastante en salir de Casablanca nos dirigimos en dirección a Ben Slimane. Teníamos que dejar atrás esta ciudad y coger la carretera que unía las poblaciones de Sidi Bettache y Rommani. Entre ambas íbamos a poder ver las gargantas y unos bosques, lo cual nos apetecía bastante después de estar continuamente respirando el ambiente cargado de la capital económica de Marruecos.

Cuando ya habíamos pasado Ben Slimane decididimos parar y tomarnos algo en un pequeño café de la localidad de Sidi Bettache. Allí parecía que nadie hablaba francés y fue T. la que tuvo que pedir hablando un poco en árabe. Yo pedí un “chai naná”, es decir, un té con hierbabuena, pero de alguna forma el camarero comentó que no tenía té, sino alguna otra hierba y acepté para probarla. Al cabo de un rato vino con la tetera, un vaso y un enorme terrón de azúcar, el equivalente a cuatro o cinco de los que estamos acostumbrados a ver en España. No usé nada del terrón, porque ya el té venía azucarado. En Marruecos tienen bastante afición por el azúcar y todo lo que sea dulce, por lo que siempre es muy habitual que todo aparezca excesivamente “sucré”.

Pagamos tan solo cinco dirhams por cada una de las bebidas y, tras pasear uno o dos minutos por el pueblecito y sacar unas fotos, nos dirigimos al coche. Unas mujeres que venían en dirección contraria se acercaron a nosotras. Como habían visto que habíamos sacado unas fotos a una original casa que estaba al lado del café, una de ellas nos preguntó en francés si estábamos interesadas en comprar una casa por la zona, que ella tenía una en venta. Le aclaramos que solo estábamos de paso por la ciudad y le agradecimos el ofrecimiento. Ellas nos dieron la bienvenida a la zona y se marcharon.

Nosotras volvimos al coche en dirección a las famosas gargantas. Sin embargo, a unos pocos kilómetros del pueblo, algo raro empezó a sonar en el coche. Paramos un par de veces sin ver nada y seguimos un rato más, pero el ruido no dejaba de oírse. Finalmente pudimos ver que un trozo de hierro se había clavado en una de las ruedas. Intentamos sacarlo, pero al hacerlo empezó a salir mucho aire. Decidimos dejarlo ahí y llamar a asistencia en carretera para que nos echaran una mano.

Muy diligentes, avisaron de que enviaban una grúa, que se llevaría el coche hasta la ciudad de Mohammedia y luego un taxi nos acercaría hasta Casablanca. Estuvimos esperando por la grúa sin saber qué hacer durante mucho más de una hora. T. llamó un montón de veces por teléfono. Una de las veces comentaron que la grúa estaba a unos cinco kilómetros de Sidi Bettache. Nos preguntamos si habría algún otro Sidi Bettache en Marruecos, porque era imposible que los pocos kilómetros que separaban el pueblo del coche se recorrieran en algo más de unos minutos.

Cuando finalmente llegó la grúa, T. subió el coche en ella y el gruista nos comentó que la idea era que fuéramos dentro del coche hasta Mohammedia. Nos negamos en redondo y llamamos para ver qué se podía hacer. Nos dijeron que iban a mandar un taxi que nos llevaría hasta Mohammedia. Esperamos al taxi, pero pasó tiempo y tiempo y el taxi no aparecía. De nuevo, nos dijeron que estaba a unos cinco kilómetros del pueblo. Finalmente, después de tan solo dos horas y de múltiples llamadas, llegó el taxi, que no era taxi, sino el coche del dueño de la grúa. El dueño, monsieur Ch., nos dio bebidas a las tres y tras un rato (y más llamadas de teléfono) él y el hombre que le hacía de chófer dijeron que nos llevarían hasta Casablanca. Las bebidas que nos llevaron estaba en botellas de cristal y había que quitar la tapa. A falta de abrebottellas, el chófer cogió un mechero y fue quitando las tapas haciendo palanca con él. Era la primera vez que veía eso.

Anteriormente, por teléfono, nos habían dicho que el taxi que había salido a buscarnos también había tenido un accidente y habían tenido que ir a auxiliarlo. Creo que las tres estábamos de acuerdo que nunca hubo taxi.

Montamos en el coche de principios de los 90 de monsieur Ch y el chófer y empezamos a recorrer a la inversa el camino. Monsieur Ch. nos contó que tenía dos mujeres y diez hijos y que trabaja mucho. Luego nos contaría que llevaba trabajando desde los doce años.

Cuando llevábamos ya bastante rato en la carretera, monsieur Ch. se bajo del coche sin decir nada y se fue de compras. Nosotras estábamos alucinando cuando lo vemos llegar con unas bolsas de frutas, meter agua dentro de las bolsas y agitar la fruta para lavarla con el agua. Dejó las bolsas mojadas en el suelo del coche y luego hizo otra parada. Volvió con una bandeja y unos huevos. Cuando nos quisimos dar cuenta puso la bandeja llena de fruta en el regazo de T. y nos dijo que comiéramos. Nosotras, a pesar de no haber comido más que unos pequeños bocadillos hacía unas horas no queríamos comer mucho. Habíamos decidido salir a cenar en cuanto llegáramos y no queríamos comer. Sin embargo, al final comimos unas pocas piezas de fruta. Monsieur Ch. sin embargo, se fue comiendo poco a poco buena parte de la fruta y de los huevos duros. Nos comentó entre risas que comía cinco veces al día.

Era bastante surrealista ver a T. con la bandeja llena de fruta y a aquel hombre partiendo con las manos las cáscaras de los huevos duros en la parte delantera del coche.

Hicimos otra parada, en esta ocasión para dejar el coche en el taller. Monsieur Ch. llamó al guardián nocturno de la casa del coche para hablar con él. Finalmente, tras bastante tiempo hablando con unos y con otros, acordaron dejar el coche en una gasolinera cercana hasta que la casa abriera el lunes por la mañana.

Volvimos al coche de Monsieur Ch. para volver al centro de Casablanca. El hombre siguió contándonos cosas de su vida y fue siempre muy simpático con nosotras. Sin embargo, acostumbradas a vivir en Casablanca desde hace ya algún tiempo, sospechábamos que en algún momento nos pediría algo. No era nada normal que alguien hiciera aquello desinteresadamente. A pesar de ello, cuando llegamos a nuestro destino, Monsieur Ch. solo nos dijo que lo llamáramos si pasábamos por donde él trabajaba y que habláramos bien de él al seguro. Nos quedamos muy sorprendidas, le dimos las gracias.

Tras descansar unos minutos nos fuimos a cenar a uno de los restaurantes más conocidos de la ciudad, en la que comimos bastante bien y recuperamos fuerzas después de un día larguísimo y de lo más peculiar.

Fez (y III)

El tercer día en la ciudad de Fez decididimos dar una vuelta por parte de la ciudad nueva y perdernos un rato por el barrio judío, la mellah.

R., T. y yo salimos solas. M. se quedó en el hotel porque se encontraba demasiado cansada como para seguir caminando por la ciudad.

Cogimos una guagua en la calle en la que siempre íbamos a cenar que nos llevó hasta el centro. Mientras R. paraba un momento para llamar por teléfono a su casa desde una cabina, T. y yo esperamos un rato. Un grupo de personas se detuvo junto a nosotras. Se trataba de unos españoles que estaban de vacaciones en Marruecos. Una de ellas decidió que quería sacarse una foto con T. porque las dos tenían unas gafas muy parecidas. Estuvieron un rato charlando con nosotros y siguieron su camino. Nos encontraríamos de nuevo con ellos en alguno de los sitios que visitaríamos.

Cuando R. colgó el teléfono, seguimos en dirección al palacio real, uno de los que el rey Mohamed VI tiene a lo largo del país. Dicen que cada uno de esos palacios está siempre listo, con la comida preparada por si el rey decide en último momento acercarse a él.

Después de dejar la Ville Nouvelle, mucho más limpia que Casablanca, nos dirigimos hacia la Mellah. La antigua ciudad judía en la actualidad apenas está habitadas por miembros de esa confesión religiosa, y lo que más se ve, en cambio, es puestos de venta de todo tipo de cosas. Las antiguas casas judías, con balcones típicos, se veían muy abandonadas y descuidadas. Muchas de ellas, de hecho, estaban abandonadas y parecía que solo se ocupaba la parte inferior para los negocios.

Preguntamos por la Sinagoga Ibn Danan y llegamos sin demasiada dificultad hasta ella, sorteando a los diferentes guías espontáneos que nos iban saliendo por todos lados, desde jóvenes hasta niños pequeños que nos ofrecían sus servicios para ayudarnos a llegar a los sitios. Sin embargo, rechazamos los ofrecimientos y entramos en la sinanoga. Era la primera vez que entraba en un lugar de culto judío. Un señor que estaba en la entrada nos explicó algunos detalles sobre la sinagoga, como la sala de la parte inferior, una especie de pozo ancho donde eran introducidas las jóvenes para darse un baño antes de contraer matrimonio. Contemplamos el techo de madera de la sinagoga, la Tora que se escondía tras una especie de tela con letras hebreas…

Salimos de allí y preguntamos a unas mujeres que estaban allí por la sinanoga de Slat al Fassiyin, una antiquísima sinanoga que había sido reconvertida en gimnasio de boxeo y que posteriormente había sido vuelta a reconvertir en sinagoga gracias a fondos aportados por el gobierno alemán. La habían abierto al público tan solo unos meses antes.

Tras salir de la sinagoga decididimos ir al cementerio judío. Fue realmente impresionante recoger la gran extensión de tierra repleta de tumbas, todas ellas completamente blancas. Paseamos en silencio por allí durante un buen rato y nos detuvimos en una zona desde la que se podía contemplar buena parte de la parte nueva de Fez.

Una vez que dejamos el cementerio decidimos ir a comer. Alguien nos había comentado que había un restaurante judío que estaba bastante bien en la ciudad y decidimos acercarnos. Cogimos un taxi y entramos allí. Cuando lo hicimos vimos que se estaba celebrando una reunión. Había una gran mesa llena de platos y de bebidas y mucha gente sentada tanto en la terraza exterior como en el salón interior. Preguntamos si el restaurante estaba abierto y una señora nos dijo que se trataba de una celebración, pero que no nos preocupáramos, que estábamos invitadas a comer con ellos.

Nos sorprendió muchísimo que sin conocernos de nada nos invitara de aquella manera. Hizo que uno de los camareros nos llevara unos platos con filetes y nos dijo que cogiéramos lo que quisiéramos. Nos servimos de la comida que estaba en la mesa central y entramos en el salón. Nos sentamos al extremo de una mesa y empezamos a comer. La comida estaba bastante buena, pero había algo en lo que nos habíamos servido que era demasiado picante. Me encanta la comida fuerte pero, incluso para mí, aquello era demasiado intenso y no hacía más que beber del refresco que había cogido.

Cuando terminamos de comer nos servimos algo de la riquísima sandía y de las picotas que aún quedaban en la mesa del exterior y, tras despedirnos y agradecer la invitación tan amable que nos habían hecho, nos fuimos de vuelta al hotel porque teníamos que coger el coche e iniciar el largo camino de vuelta a Casablanca.