El tren de las 8:08 (y II)

Oí hablar a una pareja que estaba en mi vagón. Él le proponía a ella ir hasta la estación y coger allí un taxi. Justo en ese momento pensé en hacerlo yo también. Si el tiempo seguía pasando podía perder el avión. Sin embargo, al mismo tiempo, no me atrevía. No se veía la estación desde el tren y las vías no me parecían el sitio idóneo para arrastrar todos los bultos que llevaba.

En una de mis excursiones a la parte de atrás le eché una mano, nunca mejor dicho, a una chica que había bajado del tren y que no podía volver a subir sin ayuda. Parecía ya habitual ver a gente subiendo y bajando del tren como si fueran a comprar el pan al hanut de la esquina.

Me paseé un poco más y volví a mi vagón, en el que no quedaba nadie de los que viajaban inicialmente conmigo. Se me acercó, eso sí, un hombre joven que parecía medio borracho y que me preguntó la hora. Lo vi luego danzar de un lado a otro y tengo que confesar que no me daba demasiado buen rollo.

Estaba de nuevo en la parte trasera del tren cuando una chica rubia de aspecto extranjero se acercó a mí y me preguntó si hablaba inglés. Cuando le dije que sí quiso saber si iba al aeropuerto. Como le contesté de forma afirmativa me propuso bajar con ella del tren, ir caminando hasta la estación y coger allí un taxi hasta nuestro destino. Su propuesta fue el empujoncito que me hacía falta, así que cogí mis cosas.  Una señora mayor marroquí, me preguntó si nos íbamos a bajar. Le dije que sí y la invité a unirse a nosotros, me sonrió, me dio las gracias pero dijo que seguiría esperando un poco más. Una vez en la puerta de salida, una mujer me ayudó a bajar la maleta grande una vez yo salté fuera. Una vez abajo, la chica me cogió la maleta pequeña. Creo que lo mejor del tren fue ver a la gente ayudándose unos a otros.

Me vi en las vías del tren y fue como si las viera por primera vez en mi vida. Nunca antes me había dado cuenta de la cantidad de piedras que lo rodeaban todo y de lo desigual que era el terreno. Veía cómo las vías se iban estrechando o ensanchando para convertirse en cambios de dirección.

Un chico me vio arrastrando a duras penas mi súper maleta y me la cogió sin decir nada. Le cogí yo entonces la otra maleta a la chica y seguimos el camino bajo el intenso sol de aquel trece de julio.

No sé cuánto tardamos en llegar, tan solo que me pareció muy largo el camino. Cuando al fin vi la imagen inconfundible de Casa Voyageurs, me dio mucha alegría. Empapada en sudor y acelerada, cogí mi maleta tras darle las gracias al chico y seguí a la extranjera al exterior. Ella me dijo que quizás sería difícil encontrar un taxi. Yo me eché a reír y la tranquilicé. En mis más de cinco años en Casablanca no habían pasado nunca ni treinta segundos desde que saliera de cualquier estación hasta que me ofrecieran un taxi.  Que luego esos mismos taxistas solícitos se negaran a llevarme a mi destino era otro tema.

En efecto, un hombre nos preguntó enseguida si queríamos un taxi. Cuando le dije que sí y que íbamos al aeropuerto, nos indicó a otro hombre que estaba en el aparcamiento de delante de la estación. Me metió el equipaje en el maletero y salimos en dirección, al fin, al aeropuerto.

Sin embargo, llevábamos pocos minutos en carretera cuando el taxista detuvo el coche en una gasolinera y nos dijo que nos teníamos que bajar. Cuando ya empezaba a pensar que el destino se había puesto en nuestra contra, nos señaló a otro taxi que se había situado junto a nosotros. Nos subimos a él y partimos de nuevo. Era uno de esos taxis nuevos que habían ido sustituyendo en los últimos años a los tradicionales Mercedes que atravesaban la ciudad desde hacía décadas.

Mientras duraba aquel trayecto que se me hizo eterno, la chica me contó que era canadiense, que llevaba tres semanas en el país (“tiempo más que suficiente”, añadió). Comentamos aspectos varios de Marruecos que nos hizo el viaje algo más llevadero, aunque me acabó resultando el viaje más largo de mi vida hacia un aeropuerto.

Por fin en el aeropuerto nos enfrentamos a la larga y lenta cola de entrada (aunque un poco me colé e hice colarse a la chica) y llegamos al fin a la terminal. Quedaban pocos minutos para el cierre de mi vuelo cuando, tras despedirme de la chica, me acerqué al mostrador. Le dije que iba en el vuelo a Madrid y le di la documentación a la empleada de la RAM que me atendió. Sin embargo, cuando iba a poner la maleta en la cinta, me dijo que esperara, que no me podía facturar, que tenía que ir a la otra terminal. Yo le pregunté si no era aquel el vuelo de las doce a Madrid, y me dijo que sí, pero como yo había comprado por Iberia y no por la RAM me tocaba en la otra terminal. Aunque me parecía algo absurdo, no tenía tiempo de más cháchara, así que cogí mis maletas y salí corriendo por la terminal hasta la uno. No podía bajar las escaleras mecánicas con las dos maletas, así que busqué el ascensor pero, por los nervios, no recordaba dónde estaba. Un hombre me indicó dónde y fui corriendo hasta allí como una loca. Por supuesto, siguiendo la evolución del día, el ascensor acababa de cerrar sus puertas antes de que yo llegara, así que tuve que esperar a que volviera a mi planta para poder cogerlo.

Una vez en el piso de abajo, donde se encuentra la otra terminal, salí corriendo hasta el mostrador correspondiente. Por primera vez tuve suerte en lo que iba de día y no había nadie delante de mí. Me facturaron las dos maletas (incluso la más pequeña porque el avión iba lleno) y me dirigí a la zona del control de pasaportes. En ese momento, justo antes de llegar no podía dejar de reírme.  El estrés, el calor, el miedo de perder el avión que me llevaría a mi siguiente destino y yo qué sé qué más, acabaron por salir a través de las carcajas. Por eso cuando el policía de fronteras me preguntó si me daba pena dejar Marruecos y yo le respondí riéndome él se rio a su vez y me dijo: “Pues se te ve muy contenta”.

Mientras esperaba para embarcar no podía dejar de pensar cómo el último día en Marruecos no se me olvidaría en la vida. De hecho, mientras escribo esto, tengo que controlarme para no echarme a reír.  Quién me iba a decir tan solo un par de días antes, cuando paseaba melancólica por las calles de una ciudad que tardaré en volver a visitar que la muy graciosa me iba a despedir así.

 

Vídeo sobre el suceso en el tren de las 8:08 

El tren de las 8:08 (mi último día en Marruecos) I

Me asomé por una de las puertas del tren que algún revisor había dejado abierta. En la otra vía, a tan solo unos metros, otro ferrocarril estaba detenido y de él descendía decenas de personas mientras que otras tantas avanzaban por las vías cargando o arrastrando sus pertenencias.

***

El avión del que partiría por última vez de Marruecos salía a las doce. Para llegar con tiempo de sobra decidí coger el tren de las 8:08, de manera que así podría estar en el aeropuerto tres horas antes de la salida. Desde que se habían incrementado las medidas de seguridad en los aeropuertos marroquíes, había aumentado en consonancia el tiempo empleado en pasar los distintos controles de seguridad. Al salir del tren, por ejemplo, se formaban largas colas para pasar el equipaje por el escáner y para que la Policía verificara que todos los que estaban allí iban efectivamente a coger un vuelo (está prohibida la entrada en los aeropuertos marroquíes a los acompañantes).

Llegué a la estación de Casa Port alrededor de diez minutos antes de que saliera el tren. Compré el billete en la taquilla, en la que las colas avanzan muy rápido y me dirigí a las vías. El tren salía en muy pocos minutos, así que me apresuré hacia la segunda clase. Lo intenté una y otra vez, pero ninguna de las puertas se abría. No podía entrar y desde dentro tampoco conseguían abrirme. Vi a un grupo de tres revisores a la entrada de la primera clase, que estaba abierta. Los llamé, pero no me oyeron (estaba demasiado lejos). Incluso un hombre, que me vio llamarlos, intentó que me hicieran caso silbando, pero sin resultado tampoco.

Acabé por acercarme corriendo con mi equipaje (llevaba una maleta pequeña, una enorme y una mochila a punto de reventar) y, al verme, el único revisor hombre me dijo que por dónde me había metido. Me hizo entrar por primera clase y me ayudó con la maleta grande. Entré en el siguiente vagón, pregunté si era segunda clase y me senté allí, empapada en sudor.

El tren salió a su hora y llegó también en hora a Casa Voyageurs, donde recogimos a unos pocos pasajeros antes de seguir nuestro camino. Todo parecía ir rodando. Sin embargo, al llegar a un túnel el tren se paró. No es inhabitual en Marruecos que un tren se detenga, pero suele ser por unos cuantos minutos (pocos) para dar paso a algún otro tren. Pero en esta ocasión el tiempo fue pasando y el tren no se movía. Cuando ya habían pasado unos veinte minutos, los viajeros empezamos a ponernos un poco nerviosos ya. En esos momentos, pasó una revisora y alguien le preguntó. Como hablaban en árabe, solo entendí algo de un tren de El Jadida y una expresión de preocupación. Me acerqué a la revisora y le pregunté en francés qué sucedía. Me dijo que el tren que iba a El Jadida que estaba delante de nosotros, en la otra vía, se había detenido y que había gente que se había bajado de él. Alguien preguntó que cuándo se arreglaría el problema pero ella no tenía ni la menor idea.

Volví a mi asiento. Al otro lado del pasillo iba sentada una chica francesa que me preguntó lo que había averiguado. Se lo conté y empezó a preocuparse aún más de lo que ya estaba porque su avión salía mucho antes que el mío.

Seguimos esperando un rato y, poco a poco, sin saber por qué, la gente de mi vagón se acabó yendo hacia la parte trasera del tren. Yo también hice lo mismo, más que nada para ver si me enteraba de por qué todo el mundo se marchaba. Me asomé a una de las puertas que uno de los revisores había dejado abierta y vi a la gente que bajaba del otro tren con sus cosas y que caminaba por las vías en dirección a la estación que habíamos dejado atrás.

(Continuará)

 

El profesor de árabe de Salé

T., C. y yo decidimos dirigirnos hacia Rabat para visitar un mercadillo que T. había visto por internet.

Mientras íbamos hacia la capital, nos contó que alguien le había comentado que en Rabat existía un mercadillo de artículos de lujo al que solían ir las marroquíes adineradas para pasar el tiempo el sábado por la mañana mientras gastaban miles de dirhams. Sin embargo, el mercadillo al que nos dirigíamos era otro.

Llegamos a Rabat y empezamos a buscar el mercadillo. Dimos varias vueltas sin éxito hasta que, siguiendo el método que nos llevó a la Kasbah de Boulagouane (de la cual hablaré en otra entrada) utilizamos el GPS de nuestros móviles. Gracias a eso vimos que el mercadillo estaba en Salé, así que cruzamos al otro lado del río y lo buscamos.

La primera vez que habíamos estado en Salé sufrimos una decepción: daba la sensación de ser el lado oscuro y opuesto a Rabat: una ciudad sucia y llena de miseria, tanto que ni siquiera bajamos del coche.

Esta vez, sin embargo, la experiencia fue muy diferente. Aparcamos en una calle cercana al mercadillo y empezamos a caminar por él. Creo que éramos las únicas extranjeras por allí, lo que nos hizo sentir que estábamos muy lejos de ese Marruecos artificial que es el único que llegan a conocer los turistas. Empezamos a callejear y descubrimos librerías de segunda mano donde venían libros en varios idiomas, algunos de los años 50 y 60; pasamos por una frutería en la que en una de las cajas vacías (junto a la fruta) dormía un gato y que me hizo preguntarme a cuánto estaría el kilo de ese animal; vimos productos de todo tipo, desde frutas y verduras riquísimas hasta especias y ropa.

Nos detuvimos delante de un horno, un hombre estaba sacando de él dulces recién hechos. Cuando nos vio, nos ofreció uno de los dulces a cada una y, al ver lo ricos que estaban, las tres decidimos comprar unos cuantos. Aparte de ricos, eran muy baratos y nos fuimos con lo que resultó una gran compra.

Estuvimos caminando durante bastante tiempo y, cuando empezábamos a sentir hambre, decidimos volver a Rabat y comer en un restaurante que conocíamos de otra ocasión. Cuando llegamos allí vimos que estaba cerrado, así que decidimos dirigirnos hacia la medina para comer en los restaurantes de los alrededores. Cuando íbamos hacia allí, un niño se acercó a nosotras y nos pidió dinero. T. hizo como si no entendiera y empezó a hablarle en español. Al niño pareció hacerle gracia y se rió. Él se dirigió hacia otro sitio y nosotras seguimos nuestro camino.

Tras pasear con indecisión, finalmente nos sentamos en una de las pocas mesas libres de un restaurante. Cuando hablo de restaurante que nadie imagine el típico de su barrio. Los restaurantes a los que me refiero es a un montón de mesas casi pegadas en la calle para aprovechar sitio y un pequeño local en el que cocinan a toda velocidad. Me comí allí la fritura de pescado más pobre que he probado en Marruecos y decidimos ir a tomarnos un té a una cafetería a la que hemos ido en varias ocasiones, tras intentar ir a otra y desecharlo por el gran número de abejas que revoloteaban en el interior, atraídas por el azúcar reinante en todo el local.

Nos sentamos en la terraza de la dulcería-cafetería (la terraza es realmente unas mesas con sillas de varios tipos en medio de una plaza) y pedimos unos dulces riquísimos y algo para beber.

Cuando ya llevábamos un tiempo allí, se nos acerca un niño para vendernos un paquete de pañuelos a 1 dirham (en Madrid me han pedido un euro por un paquete) y vimos que era el mismo niño con el que nos habíamos encontrado antes. Empezamos a hablar con él y nos contó que se llamaba Y., que tenía doce años y que era de Salé.

Sin saber muy bien cómo, acabó sentándose con nosotras y enseñándonos darija (el dialecto árabe marroquí). Le pidió a C. un papel (y al camarero un bolígrafo) y empezó a decir palabras en francés, escribiéndolas y, luego, escribiendo la traducción en árabe. Le hacía repetir a C., que estaba a su lado, y luego repasaba la lección. Las tres estuvimos de acuerdo en que era un profesor nato.

Después de algo más de hora y media de clase, decidimos que era hora de marcharnos porque queríamos llegar a Casablanca antes de que anocheciera y, sobre todo, antes de que la autopista de entrada a la ciudad estuviera repleta de tráfico. Le dijimos a Y. que teníamos que irnos y él nos quiso regalar uno de sus paquetes de pañuelo en señal de agradecimientos. Nosotras le dijimos que el regalo que nos había hecho (la clase) era muy grande ya. Se quedó un poquito triste y nos despedimos de él, bastante sorprendidas de lo que nos había pasado durante las dos últimas horas.

C. guardó las dos pequeñas hojas, prueba de la clase magistral del muchachito, y el número de teléfono de su madre, y días más tarde nos las fotocopió para que la guardáramos de recuerdo junto con las fotos que nos hicimos con él.

Nota: un saludito especial a C. Nos vemos por Cataluña (o por Albania jejeje) la próxima vez 🙂