El profesor de árabe de Salé

T., C. y yo decidimos dirigirnos hacia Rabat para visitar un mercadillo que T. había visto por internet.

Mientras íbamos hacia la capital, nos contó que alguien le había comentado que en Rabat existía un mercadillo de artículos de lujo al que solían ir las marroquíes adineradas para pasar el tiempo el sábado por la mañana mientras gastaban miles de dirhams. Sin embargo, el mercadillo al que nos dirigíamos era otro.

Llegamos a Rabat y empezamos a buscar el mercadillo. Dimos varias vueltas sin éxito hasta que, siguiendo el método que nos llevó a la Kasbah de Boulagouane (de la cual hablaré en otra entrada) utilizamos el GPS de nuestros móviles. Gracias a eso vimos que el mercadillo estaba en Salé, así que cruzamos al otro lado del río y lo buscamos.

La primera vez que habíamos estado en Salé sufrimos una decepción: daba la sensación de ser el lado oscuro y opuesto a Rabat: una ciudad sucia y llena de miseria, tanto que ni siquiera bajamos del coche.

Esta vez, sin embargo, la experiencia fue muy diferente. Aparcamos en una calle cercana al mercadillo y empezamos a caminar por él. Creo que éramos las únicas extranjeras por allí, lo que nos hizo sentir que estábamos muy lejos de ese Marruecos artificial que es el único que llegan a conocer los turistas. Empezamos a callejear y descubrimos librerías de segunda mano donde venían libros en varios idiomas, algunos de los años 50 y 60; pasamos por una frutería en la que en una de las cajas vacías (junto a la fruta) dormía un gato y que me hizo preguntarme a cuánto estaría el kilo de ese animal; vimos productos de todo tipo, desde frutas y verduras riquísimas hasta especias y ropa.

Nos detuvimos delante de un horno, un hombre estaba sacando de él dulces recién hechos. Cuando nos vio, nos ofreció uno de los dulces a cada una y, al ver lo ricos que estaban, las tres decidimos comprar unos cuantos. Aparte de ricos, eran muy baratos y nos fuimos con lo que resultó una gran compra.

Estuvimos caminando durante bastante tiempo y, cuando empezábamos a sentir hambre, decidimos volver a Rabat y comer en un restaurante que conocíamos de otra ocasión. Cuando llegamos allí vimos que estaba cerrado, así que decidimos dirigirnos hacia la medina para comer en los restaurantes de los alrededores. Cuando íbamos hacia allí, un niño se acercó a nosotras y nos pidió dinero. T. hizo como si no entendiera y empezó a hablarle en español. Al niño pareció hacerle gracia y se rió. Él se dirigió hacia otro sitio y nosotras seguimos nuestro camino.

Tras pasear con indecisión, finalmente nos sentamos en una de las pocas mesas libres de un restaurante. Cuando hablo de restaurante que nadie imagine el típico de su barrio. Los restaurantes a los que me refiero es a un montón de mesas casi pegadas en la calle para aprovechar sitio y un pequeño local en el que cocinan a toda velocidad. Me comí allí la fritura de pescado más pobre que he probado en Marruecos y decidimos ir a tomarnos un té a una cafetería a la que hemos ido en varias ocasiones, tras intentar ir a otra y desecharlo por el gran número de abejas que revoloteaban en el interior, atraídas por el azúcar reinante en todo el local.

Nos sentamos en la terraza de la dulcería-cafetería (la terraza es realmente unas mesas con sillas de varios tipos en medio de una plaza) y pedimos unos dulces riquísimos y algo para beber.

Cuando ya llevábamos un tiempo allí, se nos acerca un niño para vendernos un paquete de pañuelos a 1 dirham (en Madrid me han pedido un euro por un paquete) y vimos que era el mismo niño con el que nos habíamos encontrado antes. Empezamos a hablar con él y nos contó que se llamaba Y., que tenía doce años y que era de Salé.

Sin saber muy bien cómo, acabó sentándose con nosotras y enseñándonos darija (el dialecto árabe marroquí). Le pidió a C. un papel (y al camarero un bolígrafo) y empezó a decir palabras en francés, escribiéndolas y, luego, escribiendo la traducción en árabe. Le hacía repetir a C., que estaba a su lado, y luego repasaba la lección. Las tres estuvimos de acuerdo en que era un profesor nato.

Después de algo más de hora y media de clase, decidimos que era hora de marcharnos porque queríamos llegar a Casablanca antes de que anocheciera y, sobre todo, antes de que la autopista de entrada a la ciudad estuviera repleta de tráfico. Le dijimos a Y. que teníamos que irnos y él nos quiso regalar uno de sus paquetes de pañuelo en señal de agradecimientos. Nosotras le dijimos que el regalo que nos había hecho (la clase) era muy grande ya. Se quedó un poquito triste y nos despedimos de él, bastante sorprendidas de lo que nos había pasado durante las dos últimas horas.

C. guardó las dos pequeñas hojas, prueba de la clase magistral del muchachito, y el número de teléfono de su madre, y días más tarde nos las fotocopió para que la guardáramos de recuerdo junto con las fotos que nos hicimos con él.

Nota: un saludito especial a C. Nos vemos por Cataluña (o por Albania jejeje) la próxima vez 🙂